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Diario de verano 1 (4/6/16)

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Si he de empezar, he de ser sincero. La verdad es que el origen de este diario no solo es poco original (quién no se ha propuesto alguna vez, al principio de un verano, llevar una relación escrita de sus ocios y viajes), sino que además es bastardo. Y lo es porque la idea ni tan siquiera es mía en su paternidad, sino que es inducida, derivada, como inseminada desde otra parte o lugar. Esa parte o lugar es otro libro: la reedición de Los autonautas de la cosmopista , de Julio Cortázar y Carol Dunlop. Un libro de viaje, un libro a cuatro manos, un libro misceláneo, un libro de primavera/verano… Pero un gran libro como todos los que escribía el maestro. Pues bien, autonauta sedentario, más que lejos de los paisajes y de los “paraderos” de la autopista París-Marsella y sin una expedición científica que contar, a mí se me ocurrió empezar este diario. Ahora bien, puestos ya a la tarea, pero con el convencimiento moral de que todas las advertencias previas deben ser hechas, he de adverti...

Díptico de la muerte II

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La luz de la luna entra por el ventanuco. La luna me acaricia el pelo, alivia con su bálsamo de frescor mi cuerpo magullado y torturado. La luz de la luna es la luz de la diosa y, aunque no pueda arrancarme estos grilletes, me brinda el único consuelo que dioses y mortales pueden ofrecerme. Mañana moriré. Es lo único que he entendido en los dos últimos días. Eso y el furor de los golpes y de los azotes. Eso y las miradas de odio y desprecio de mis verdugos. También sé cómo moriré. Lo sé porque ya lo he visto antes, porque es su forma de dar muerte a quienes caen en sus manos. Desnudos, expuestos en ese patíbulo suyo de dos maderos, lentamente. Si lo pienso con detenimiento, no tengo miedo a morir. En realidad, llevo desde entonces anhelando ese momento. A lo que tengo miedo es al dolor, a la lacerante desesperación de la agonía. ¿Acaso es humano no tenerlo? Sin embargo, ni siquiera es a eso a lo que más le temo. A lo que de verdad le tengo miedo es a la humillación, a la c...

Díptico de la muerte I

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Estos oretanos son gente rara. Yo diría que la más rara que he visto. Bien es cierto que no he visto mucho. Al fin y al cabo solo llevo dos años de servicio. Pero lo que sí puedo decir con seguridad es que, en todo este tiempo, nunca me había topado con nadie que pelee de la manera en que lo hacen ellos. Lo normal, o eso nos han explicado, es que cuando desbordas al enemigo en el campo de batalla, este huya en desbandada presa del pánico. Entonces, la batalla está ganada y la persecución no es más que una forma de humillación y castigo. Con ellos no. Pelean como auténticos demonios durante el tiempo que sea necesario y cuando se ven vencidos, abandonan el campo sí, pero cuando tú ya te crees a salvo y avanzas seguro hacia la victoria, aparecen en pequeños grupos, desde cualquier matorral o recodo, cubiertos de polvo y sangre y con un odio sobrenatural ardiéndole en los ojos, para seguir matando y muriendo como posesos. Sí, son extraños. Como esta tierra suya. Extrema en todos los s...

Escritores

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Al llegar, la sala está casi vacía. Es temprano aún y puedo escoger. Elijo un lugar en la parte de atrás y un poco hacia un lado. El mejor sitio para ver sin ser visto. De todas formas no creo que me reconozca, ha pasado mucho tiempo. Un aluvión de años en realidad. Y yo he cambiado: las arrugas, las bolsas de los ojos, la barriga que me excede y este andar cansino, cansado. Qué lejos queda todo. Qué lejos aquellos primeros años de universidad, el mundo que se abría como una amante fresca, joven y generosa. Las ilusiones intactas, los amores urgentes, las ganas siempre a flor de piel. Fue entonces, en la época del taller. El taller de escritura creativa de Diego Blanco. Queríamos ser escritores o poetas o guionistas de cine, o todo a la vez. Todavía recuerdo la primera vez que aparecí por allí. Él ya estaba y Elena también. Diego nos sentó en círculo como para una puesta en común y me pidió que me presentara, luego hizo lo propio con el resto de las personas sentadas en si...

Tras la ventana

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Esta mañana llegó pronto. Caminaba sin prisa, dejando que la primavera recién llegada se le metiera en el pelo y jugara con sus ropas. Nada más llegar, inició el ritual diario de apertura: levantó el cierre metálico, abrió la puerta, iluminó el escaparate y, pasados unos minutos, volvió a salir a contemplar el ir y venir rutinario de la calle. Yo ya estaba aquí, en mi puesto, como siempre. Atado a esta silla, a este escritorio y a esta ventana. La vi arribar como el ferroviario al tren matutino, con tranquilidad, con confianza, pero sin poder evitar la sorpresa de verlo ahí, embocando la última curva. Al fin y al cabo nos conocemos desde hace más de dos años, desde el día en que llegué con mi silla, mi hermana y los restos de una vida a este segundo con ascensor que constituye mi último y puede que definitivo caparazón. Para ser exactos, nos conocemos justo desde la mañana siguiente, cuando contemplé por vez primera lo que he contemplado hoy, aunque seguramente eso ella nu...

Carta en abril

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Radiante. Desde que se levantara, estuvo buscando la palabra con la que definir la mañana y solo le salía el adjetivo “radiante”. No precisamente porque el término le gustara más que otros. Al contrario, palabras había para calificar aquella mañana, palabras como luminosa, pletórica, idílica y hasta esplendorosa. Sin embargo, cada vez que volvía sobre el tema era lo mismo. No había manera, la mañana era radiante. En cualquier caso, lo que importa es que aquella radiante mañana, tras tomar el desayuno, decidió al fin salir del cuarto en el que había pasado el invierno. Dejó la mesa de trabajo con sus notas y sus libros esparcidos, dejó reposar la pantalla del ordenador y al gastado teclado y, tomando un cuaderno y un bolígrafo cualquiera, buscó acomodo en la mesita de la galería de madera, justo en la esquina de la derecha según se mira a la puerta de entrada. Contempló por un instante el bosquecillo de álamos que cerraba la explanada como si no lo hubiera visto en muc...

Mal de altura

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Esta es la historia de un hombre que camina con un muerto . A partir de ahí un cuento. Un cuento que habla de mar, de cielo, de nubes. Desde arriba, desde la altura, desde esa posición en la que todo se deforma quizás para verse más claro. O no. También es la historia de una búsqueda, porque todos y todas buscamos algo, pero solo unas pocas personas son capaces de asumir esa búsqueda en toda su radicalidad, en toda su crudeza, por las regiones etéreas y frías donde reina el mal de altura. En cualquier caso, quizás lo más sensato sea leer más . O no.