Tras la ventana
Esta mañana llegó pronto. Caminaba sin prisa, dejando que la primavera recién llegada se le metiera en el pelo y jugara con sus ropas. Nada más llegar, inició el ritual diario de apertura: levantó el cierre metálico, abrió la puerta, iluminó el escaparate y, pasados unos minutos, volvió a salir a contemplar el ir y venir rutinario de la calle. Yo ya estaba aquí, en mi puesto, como siempre. Atado a esta silla, a este escritorio y a esta ventana. La vi arribar como el ferroviario al tren matutino, con tranquilidad, con confianza, pero sin poder evitar la sorpresa de verlo ahí, embocando la última curva. Al fin y al cabo nos conocemos desde hace más de dos años, desde el día en que llegué con mi silla, mi hermana y los restos de una vida a este segundo con ascensor que constituye mi último y puede que definitivo caparazón. Para ser exactos, nos conocemos justo desde la mañana siguiente, cuando contemplé por vez primera lo que he contemplado hoy, aunque seguramente eso ella nu...