Díptico de la muerte II
La luz de la luna entra por el ventanuco. La luna me acaricia el pelo, alivia con su bálsamo de frescor mi cuerpo magullado y torturado. La luz de la luna es la luz de la diosa y, aunque no pueda arrancarme estos grilletes, me brinda el único consuelo que dioses y mortales pueden ofrecerme. Mañana moriré. Es lo único que he entendido en los dos últimos días. Eso y el furor de los golpes y de los azotes. Eso y las miradas de odio y desprecio de mis verdugos. También sé cómo moriré. Lo sé porque ya lo he visto antes, porque es su forma de dar muerte a quienes caen en sus manos. Desnudos, expuestos en ese patíbulo suyo de dos maderos, lentamente. Si lo pienso con detenimiento, no tengo miedo a morir. En realidad, llevo desde entonces anhelando ese momento. A lo que tengo miedo es al dolor, a la lacerante desesperación de la agonía. ¿Acaso es humano no tenerlo? Sin embargo, ni siquiera es a eso a lo que más le temo. A lo que de verdad le tengo miedo es a la humillación, a la c...