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Díptico de la muerte II

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La luz de la luna entra por el ventanuco. La luna me acaricia el pelo, alivia con su bálsamo de frescor mi cuerpo magullado y torturado. La luz de la luna es la luz de la diosa y, aunque no pueda arrancarme estos grilletes, me brinda el único consuelo que dioses y mortales pueden ofrecerme. Mañana moriré. Es lo único que he entendido en los dos últimos días. Eso y el furor de los golpes y de los azotes. Eso y las miradas de odio y desprecio de mis verdugos. También sé cómo moriré. Lo sé porque ya lo he visto antes, porque es su forma de dar muerte a quienes caen en sus manos. Desnudos, expuestos en ese patíbulo suyo de dos maderos, lentamente. Si lo pienso con detenimiento, no tengo miedo a morir. En realidad, llevo desde entonces anhelando ese momento. A lo que tengo miedo es al dolor, a la lacerante desesperación de la agonía. ¿Acaso es humano no tenerlo? Sin embargo, ni siquiera es a eso a lo que más le temo. A lo que de verdad le tengo miedo es a la humillación, a la c...

Díptico de la muerte I

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Estos oretanos son gente rara. Yo diría que la más rara que he visto. Bien es cierto que no he visto mucho. Al fin y al cabo solo llevo dos años de servicio. Pero lo que sí puedo decir con seguridad es que, en todo este tiempo, nunca me había topado con nadie que pelee de la manera en que lo hacen ellos. Lo normal, o eso nos han explicado, es que cuando desbordas al enemigo en el campo de batalla, este huya en desbandada presa del pánico. Entonces, la batalla está ganada y la persecución no es más que una forma de humillación y castigo. Con ellos no. Pelean como auténticos demonios durante el tiempo que sea necesario y cuando se ven vencidos, abandonan el campo sí, pero cuando tú ya te crees a salvo y avanzas seguro hacia la victoria, aparecen en pequeños grupos, desde cualquier matorral o recodo, cubiertos de polvo y sangre y con un odio sobrenatural ardiéndole en los ojos, para seguir matando y muriendo como posesos. Sí, son extraños. Como esta tierra suya. Extrema en todos los s...