sábado, 20 de octubre de 2012

La dificultad de mirar desde arriba

 La dificultad de mirar desde arriba radica en el problema de las distancias. Apenas se separa uno de la realidad de las cosas, y ya empieza a entrar en juego la acción engañosa de las perspectivas. Para evitarlo – eso podría pensar una inteligencia lógica y lúcida – nada mejor que permanecer pegado al mero ocurrir de los sucesos, ajustarse como una segunda piel a lo acontecido para ver si deviene acontecimiento. Sin embargo, por muy lógico que sea el razonamiento, por mucho que parezca la necesaria consecuencia de sus premisas, la experiencia, la terca y descorazonadora razón empírica, nos dice que los resultados de tan loable y abnegado esfuerzo no suelen ser más fiables que los que se obtienen desde la separación y el alejamiento; quizás por la sencilla razón de que la cercanía, por muy radical que esta sea, no puede dejar de ser una distancia y, como tal, pese a sus pretensiones de validez y fiabilidad, también se halla aquejada del mal de las perspectivas. Lo dicho, no solo tiene que ver con la conocida cuestión del árbol y el bosque u otros adagios similares de la sabiduría popular, sino también con la experiencia más prosaica y cotidiana que nos dice que si miramos cualquier objeto desde demasiado cerca, este tiende a desenfocarse y deformarse de forma irremisible. Por tanto, la única solución práctica – aunque eso sí, provisional – para afrontar el dilema sea aquella en la que que cada cual busca la distancia desde la que entienda que debe mirar las cosas, siendo, por tanto, el propio criterio, como en otros tantos casos, el único válido en estas lides.
Todo esto viene a cuento porque, de un tiempo a esta parte, he ido notando como mi separación con respecto a las cosas que me rodean no ha hecho sino aumentar. Lo curioso es que dicho alejamiento ha seguido una trayectoria poco habitual, o más bien poco previsible, una trayectoria que yo definiría como diagonal, es decir, hacia afuera y hacia arriba a un tiempo, aunque en las últimas semanas con una mayor intensidad en esa segunda dimensión. Dicho de otra manera, cada hecho que ocurre, cada situación, cada historia a la que tengo acceso, cada información que recibo, tienen la virtud de impulsarme cada vez más lejos del resto de mis congéneres, lejos, pero hacia arriba. Que veo a mis compañeros y compañeras suspirar aliviados porque ha sido otro quien ha pasado a engrosar la filas del paro, pues una fuerza irresistible eleva mi cuerpo separándolo del suelo en dirección a la ventana abierta; que leo en la prensa que los índices de pobreza aumentan al mismo ritmo que las fortunas escandalosas de los ricos, pues nuevo empujón por encima del sillón y de la lámpara de lectura, allá en las regiones del techo. Total, que rara vez salgo de casa sin que mi mirada halle más horizonte que el asfalto allá abajo y un paisaje poblado por las calvas más o menos evidentes que a todos nos van saliendo alrededor de la coronilla.
Podrá decirse que este fenómeno extraño que vengo padeciendo no es más que un ataque de soberbia o de orgullo exacerbado. Puede. De hecho, yo mismo, sufridor de una educación judeocristiana tan mutiladora como la de cualquiera, también he llegado a pensarlo. Sin embargo, examinando a fondo la cuestión, he llegado a la conclusión de que no hay nada de eso, sobre todo porque si dirijo la mirada sobre mí tampoco encuentro nada que me haga mejor que el resto de mis conciudadanos, y si observo con atención mi comportamiento, también hay una parte de mí que intenta alejarse volando de la otra que también soy yo mismo.
En fin, que tras ver un telediario, navegar por internet y recibir unos cuantos tuits; aquí me encuentro esta tarde encaramado en un lugar que no se si será la montaña de Zaratustra, la casa de Tarzán o cualquier otro lugar improbable donde la altura rarifica el aire y entumece los miembros. Tan solo espero que no sea un nido de águilas.